Hace unos días, la prensa se hacía eco de un fenómeno nuevo hasta la fecha, aunque el que ya se hubiera puesto de manifiesto años antes en los países de nuestro entorno, lo hacía ya esperable: en las últimas oposiciones, casi la mitad de los puestos de funcionario de profesores de Matemáticas de Bachillerato han quedado vacantes. ¿Qué nos está pasando? Se trata de un escenario que habría sido inconcebible apenas unos años atrás. Y no deja de ser un hecho sorprendente en un país en el que el paro juvenil es una de las mayores amenazas.

La explicación más inmediata está en el hecho de que el mercado de trabajo ofrece hoy oportunidades más atractivas a nuestros jóvenes con una licenciatura de Matemáticas, o disciplinas afines, las que constituyen el sector STEM (Science, Engineering, Technology and Mathematics / Ciencia, Ingeniería, Tecnología y Matemáticas). Ya no es cierto que un joven con esos diplomas pueda aspirar a poco más que a ser profesor de Bachillerato, o de Universidad, con un poco de suerte, sino que hoy puede elegir entre una infinidad de oportunidades que se presentan por doquier en una sociedad que está cada vez más regida por los números, en la era del Big Data, de las grandes, gigantescas, masas de datos, y conducida por los ordenadores.

El momento que vivimos es, sin duda, histórico. El ser humano acertó cuando comenzó a desarrollar las Matemáticas para entender el mundo y estas lo han guiado en el diseño de la sociedad global y altamente tecnológica en que vivimos. Las transformaciones se aceleran y la demanda de matemáticos aumenta en todos los sectores. Toda empresa, sea cual sea el sector, aspira a tener uno o varios matemáticos en plantilla para analizar datos, para afrontar la complejidad y su transición digital.

Pero el éxito de las Matemáticas por sí solo no explica esta situación. Nuestra sociedad cambia y también las expectativas de nuestros jóvenes que, tal vez, ya no se ven desempeñando toda la vida la misma función docente. La hasta ahora tan valorada estabilidad, en tiempos en que la sociedad avanza y se globaliza apresuradamente, puede también ser interpretada en clave de monotonía, de estancamiento. Y la vocación, salvo en casos excepcionales, rara vez es suficiente para que el joven apueste por una profesión de por vida.

La situación es paradójica. Ahora que se necesitan más Matemáticas que nunca en el proceso educativo, tenemos dificultades para reclutar profesores. Y cada vez es menos válido el que otros diplomados vayan a desempeñar adecuadamente esa función, pues las horas lectivas de Matemáticas en esas otras carreras cayeron en picado desde que se implantaran las reformas del modelo Bolonia. De este modo, cuando el reto de mejorar y consolidar los resultados en Matemáticas en las pruebas PISA estaba aún por culminar, el sistema empieza a flaquear en su flanco más importante: los maestros y profesores.

España ha sido tradicionalmente país de escasos consensos en educación, de políticas inestables, de debates con frecuencia estériles, como el recientemente planteado en torno al pin parental, y esta nueva situación nos pilla un poco por sorpresa y con pocos elementos de respuesta. ¿De dónde vamos a sacar a todos esos profesores que necesitamos? ¿Estamos dispuestos a mejorar a fondo las condiciones laborales y salariales ofrecidas para que quienes pueden trabajar en otros sectores opten por la docencia? ¿Podemos hacerlo para competir en la atracción de maestros y profesores en función de la oferta y la demanda? ¿Qué consecuencias tendrá en el medio-largo plazo la escasez de profesores de Matemáticas? ¿Se resentirá la formación en esa materia? ¿Y nuestra competitividad como país?

Es posible que todas estas cuestiones sean ya prioridad de las administraciones competentes, pero no es eso lo que percibe una sociedad acostumbrada a que la política se haya convertido en ring para gladiadores y mercado de intereses, más que terreno para la reflexión y la administración experta con la vista puesta en el futuro, con anticipación.

Los profesionales de las Matemáticas carecemos de capacidad para contribuir a erradicar el problema más allá de lo que es nuestro ámbito de acción: nuestras clases, nuestra labor de tutores y mentores, de divulgadores, de investigadores, nuestros libros y artículos. Pero sí que podemos y debemos alertar del peligro de esperar inútilmente a que el problema se resuelva solo. ¿Es prudente esperar a que un cambio de ciclo haga que los matemáticos sean de nuevo poco apreciados por el sector productivo, para que vuelvan a la vocación docente, en la medida en que no les quede otro remedio? ¿Corremos el riesgo de perder competitividad en la liga internacional de los países y las naciones al carecer de maestros y profesores para formar a nuestros niños y jóvenes en lo que es una de las materias más importantes del siglo XXI?

Dicho eso, solo podemos seguir bailando, es decir ejerciendo nuestra profesión, con rigor y entrega, allí donde seamos requeridos. En nuestro caso, el viento nos ha llevado a Alemania, a Baviera en concreto, región que apuesta fuertemente por reforzar su sistema educativo, sus universidades, su investigación, en el ámbito de las STEM en particular, convencida en que en ese sector se juega buena parte de su futuro, incluido su liderazgo industrial, su sostenibilidad.

Pero la Fundación Deusto y la Universidad Autónoma de Madrid sirven de cordón umbilical, de vínculo para seguir interesados por lo que aquí pasa y preocupados también por lo que deja de acontecer. Y pensando en clave vasca y europea, nuestros hijos y nietos merecen la mejor educación. Ese será un elemento que pronto se verá reflejado incluso en nuestra renta per cápita. Un sistema que no es capaz de cubrir sus plazas de profesorado debe hacer algo más que volver a convocar a concurso las vacantes. Siempre quedará la solución de emigrar, como ya han tenido que hacer muchos antes y como cada vez hacen quienes, deseosos de dar a sus hijos la educación que merecen, y pueden ofrecer, eligen centros educativos en el extranjero. Pero los profesionales del ramo nos negamos a aceptar que sea la única solución posible. Queremos seguir bailando y hacerlo aquí, con nuestra música, y no podemos dejar de advertir del riesgo de dar por bueno lo que a todas luces no lo es.

 

La película Solo nos queda bailar / And then we danced, 2019, del director y guionista sueco Levan Akin, de origen georgiano, narra de manera magistral la historia de una escuela de danza tradicional georgiana de Tiflis, donde el baile es el símbolo más emblemático de la cultura nacional, en la que la formación artística tiene aire militar.

La película da a conocer, en paralelo, el drama vital de un aprendiz de bailarín de gran talento, pero heterodoxo en su expresión artística. A través del baile y de la convivencia con sus maestros y compañeros, descubre su propia naturaleza, su homosexualidad, y la imposibilidad de desarrollar allí una vida y una carrera profesional plenas, libres de reproches, de censura, de agresiones. Es su propio hermano, con quien había compartido dormitorio desde la infancia en una familia modesta, su compañero fraternal y a la vez antagónico, su antítesis, prototipo del hombre fuerte y rudo, quien le abraza y le susurra al oído: “Vete de Georgia. Aquí no tienes nada que hacer”. La película termina cuando el protagonista deja la escuela, cerrando la puerta tras de sí, tras una exhibición de maestría única, personal, en una tradición artística que no estaba dispuesta a aceptar y dar por buena la armoniosa heterodoxia contemporánea de su danza. Y al cerrar la puerta deja atrás todo: sus orígenes, su familia, sus amigos, su tierra, para abrazar la libertad. De ahí el título de la película: Solo nos queda bailar.

Ojalá un día el talentoso bailarín pueda volver a Tiflis, con su arte. Mientras, sería bueno promover las transformaciones que nuestros sistemas educativos requieren.

 

El artículo original fue publicado en el diario DEIA el 20 de agosto de 2020 y puede leerse en este enlace o descargarse en PDF desde aquí.