Los números parecen haberse rebelado. ¿Se han vuelto locos o lo hacen de manera orquestada? Los colores han cambiado y los azules y rojos propios del haber y deber parecen haber cambiado sus roles. Los índices han cambiado de signo. Los precios, el IPC y las hipotecas bajan y con ellos todos los demás indicadores económicos. Simultáneamente baja también la tasa de empleo y aumenta el número de familias que vive la angustia de no llegar al final de mes, un día tras otro. Verdades que hasta ahora parecían ser inmutables se han venido abajo. Ya no es verdad que los precios de los pisos siempre suban, por ejemplo.

Apunto de acabar la primera década del euro nos encontramos pues con una crisis económica particularmente virulenta. Ahora que ya se ha producido y que nadie discute su existencia y dimensión nos damos cuenta que llega en el peor momento. Los precios en nuestro entorno, arrastrados al alza por el efecto euro y un modelo de consumo de huida hacia adelante permanente, han alcanzado niveles en los que ya nada es barato, ni el pan, ni las patatas y esto es particularmente grave para las familias en las que uno o varios de sus miembros han perdido su empleo. Y estas son cada día más numerosas. Desafortunadamente, acrónimos como ERE ya a nadie le resultan desconocidos.

Las constituciones europeas garantizan el derecho al trabajo y a la vivienda pero en estos momentos son mero papel mojado. ¡El dinero se ha volatilizado! Nadie pensaba que fuera posible. ¡Pero ha ocurrido!

Como ciudadanos y por tanto primeros afectados, observamos atentos el comportamiento de los responsables de las políticas económicas y constatamos que los hay de al menos tres tipos. Los que se ocultan tras las cortinas hasta que escampe. ¿Por qué ya no salen en la tele? Los que escrutan rigurosamente los indicadores para determinar el mínimo o cero absoluto previsible para así diseñar medidas y remedios suficientemente agresivos y eficaces y, por último, quienes desde la política, más de la buena voluntad y del talante que desde el control de la situación, nos hablan de «brotes verdes» como si de una huerta se tratara. Eso sin contar los que ya han echado la toalla.

Todo esto plantea un interesante dilema, ¿Estamos ante un invierno, particularmente duro tal vez, pero estacional y pasajero al fin y al cabo, o ante una de esas glaciaciones que han esculpido las mayores cicatrices en la evolución de las especies? Nadie se atreve a contestar.
Pero hay claros indicios de que esta crisis exige respuestas que van más allá de las medidas paliativas y así se nos habla también de «cambios en los modelos económicos y productivos». Eso suena mejor y, desde luego, mucho más científico y en particular matemático. Pero, ¿quién se atreve a dar forma y contenido a esos cambios?

Los matemáticos sabemos que los números por sí solos no dicen nada. Hay que saber interpretarlos y eso ha de hacerse en base a un modelo. Un modelo es como un juego de sociedad, un conjunto de reglas que establecen las posibles interacciones, las relaciones causa-efecto, de modo que a partir de datos podamos extraer conclusiones y previsiones e incluso optimizar estrategias. Al cambiar de modelo los mismos mimbres permiten nuevas configuraciones. ¡Y de eso se trata!

No es pues cuestión de esperar pasivamente a que pase la tormenta, sino de tomar medidas para salir antes de la zona afectada por las inundaciones y hacerlo con fuerza, con visión y proyecto, dueños del futuro. Dicho eso, ¡a ver quien le pone el cascabel al gato!

Obama, como presidente de los Estados Unidos, se esfuerza. Es más que probable que haya sido allí donde se empezó a abusar del modelo anterior que ha acabado consigo mismo tras la explosión de la última burbuja. Pero es cierto también que es allí donde antes se reconoció la crisis y se empezaron a diseñar y tomar nuevas medidas.
Aquí no, ¡faltaría más!. Primero decimos que no hay crisis, después que no es para tanto, más tarde amagamos con eufemismos, para luego ponernos a hablar de otras cosas… ¿Acaso todo esto no denotará una cierta falta de ideas? ¿Tal vez nuestros políticos no estén esperando, simple y llanamente, a ver si se le ocurre algo a Obama? Si no es así, desde luego lo parece. Conviene también hacer un ejercicio de humildad, y no olvidar tampoco que es en España donde de manera más grosera se ha abusado del modelo anterior: a ladrillazos, nunca mejor dicho.

Los matemáticos llevamos siglos trabajando con modelos en los que reina la incertidumbre, lo borroso y lo complejo y en esta situación nos sentimos «en nuestra salsa».

Pero la problemática del escenario económico es más delicada y escurridiza aún de lo que estamos acostumbrados a manejar cuando analizamos los fenómenos de la naturaleza o las estructuras de la ingeniería. Aquí topamos con la psicología de las personas y la sociología de los pueblos y los modelos matemáticos son más difíciles de afinar. Estamos en el fascinante mundo de la interacción de las Matemáticas y de las Ciencias Sociales.
Tal vez por eso se nos habla de «brotes verdes», por si suena la flauta y se genera un tsunami de entusiasmo que sacuda y despierta nuestra maltrecha con omía. Pero mucho me temo que hayamos de dar con respuestas algo más científicas y elaboradas.

La interacción entre Matemáticas y Ciencias Sociales no es nueva y proporciona recetas que en el ámbito de la gobernanza podrían resumirse en «la conquista del futuro». Las instituciones académicas y de investigación líderes, por ejemplo, saben que las respuestas están en el futuro. Se trata por tanto, no de llegar antes, pues el calendario y el reloj avanzan para todos por igual, sino prever antes el futuro, visualizarlo para poder incidir en su diseño y así llegar al mismo tiempo que los demás pero mejor colocados. El liderazgo no se puede mantener a base de la repetición de procesos, por mucho que estos hayan sino afinados, sino de la innovación. Copiar los diseños de hoy es fácil pero la creación de los futuros está sólo en manos de unos pocos.

Esa conquista del futuro exige revisar nuestro modelo, analizando cuáles son los axiomas que no han funcionado, y estableciendo nuevos principios. Es necesario un nuevo marco regulatorio. Por ejemplo, hace falta que el éxito en lo económico esté más asociado al esfuerzo y al acierto que a la especulación.
Es muy tentador para quien gobierna simplificar. La situación actual es tan compleja que es muy difícil siquiera mantener todas las cartas de la baraja en la mano. De ahí la tentación. Por si fuera poco, es bien sabido que es fácil resistirse a todo, menos a la tentación… Pero las Matemáticas también nos advierten del peligro de la sobresimplificación. Al hacerlo podremos conseguir hacer fácil lo difícil, pero acabaremos ahogando la realidad y nosotros en ella, a través de falsas soluciones. No hay atajos. Los problemas no resueltos vuelven siempre a la superficie, tercamente, y los mal resueltos son futuros pinchazos asegurados en plena autopista.

Tenemos que llegar al futuro ligeros de equipaje pero no podemos confundir el patrimonio con el lastre. Hacer la maleta a la hora de viajar siempre es un engorro. Pero esta nos tiene que salir bien y constituye uno de los temas centrales del debate político actual.
Pero volviendo al ámbito de lo académico que es en definitiva al que nos dedicamos, en nuestro entorno, en lo que a la Universidad se refiere, ahora que tanto se habla de Bolonia, parecería que todo es cuestión de normativas.
¿No sería mejor empezar ya a enseñar lo que nuestros jóvenes descubrirán dentro de unos años que desean estudiar porque les apasiona y además lo necesitan? Pero eso es precisamente lo difícil y lo que hace que algunas instituciones académicas sean siempre líderes, año tras año, en cada ranking. ¿No será algo así lo que hacen nuestros famosos cocineros? Tal vez a ellos debiéramos preguntar.

En el ámbito de la investigación ocurre algo parecido. Es el momento de estimular la investigación vanguardista, de excelencia, no con afán elitista sino, todo lo contrario, en la convicción de que es así como se tira para arriba de la pesada pirámide del conocimiento a todos los niveles.

Ya lo dijo Leonardo da Vinci: «No hay certidumbre donde no puede aplicarse el método matemático». O sea que, quien quiera seguridad, que eche mano de las Matemáticas. La patronal y los sindicatos ya han sido convocados. Yo llamaría también, por si acaso, a los cocineros y a los artistas.

Esta entrada fue publicada originalmente en el diario DEIA el 19 de junio de 2009 y puede descargarse desde este enlace.